3 mar. 2013

La llegada del otoño

Aquella mañana, Teresa despertó con el cantar de los gallos de María cuando aún no había amanecido. El viejo reloj de pared marcaba las 6:16. Dirigió sus pasos hacia el ventanal y lo abrió de par en par. El frío cortaba la piel, la temperatura sería de unos tres o cuatro grados bajo cero. Cerró los ojos y respiró aquellos inconfundibles olores tan característicos del pueblo: a tierra mojada, a chimeneas humeantes, a cebollas cocidas y ajos asados que evidenciaban los preparativos de las matanzas. Al poco, comenzaron a escucharse esos chillidos aterradores que emiten los cerdos cuando son atravesados por la faca del matancero. Cerró el ventanal y, sentada en la cama, comenzó a preguntarse qué estaba haciendo allí, revolviendo sus recuerdos, los buenos y los malos.
La mente humana es tan compleja que a veces, ni uno mismo es capaz de llegar a entender su propio comportamiento. Pero en el fondo, el alma tiene razones que la mente ignora; si estaba allí, sería porque así debía ser. Probablemente regresara aún más abatida de lo que había llegado, pero hasta el Ave Fénix se consumía en el fuego para renacer luego de sus cenizas. Si ese era su destino, tocaría el fondo y se impulsaría hacia arriba con decisión e ímpetu, como tantas otras veces. Pero no podía continuar así, necesitaba reencontrarse, releerse, tomar conciencia de su “yo”, escucharlo, sentirlo en soledad.
Inundada por esa mezcolanza de sensaciones, comenzó a bucear en el inmenso océano de los recuerdos de su niñez. Salió a pasear.
La larga alameda estaba cubierta por las amarillentas hojas caídas de los árboles, que se mostraban ya completamente desnudos y delataban así la llegada del invierno. El cielo, encapotado, amenazaba con vaciarse de un momento a otro. No le importó, siempre le gustó que la lluvia mojara su cuerpo, la hacía sentirse viva. Bajó la alameda cabizbaja, ensimismada, dándole patadas a las hojas caídas y fue así como llegó a la vieja cabaña donde se refugiaba de pequeña. Poco quedaba ya de aquella niña que, con el paso de los años, se había convertido en la mujer que ahora era. Y sin embargo, idénticas eran las sensaciones, las preguntas, las dudas, los miedos. Vino a su memoria aquel poema que escribió una lluviosa tarde de otoño, refugiada en la cabaña, cuando contaba apenas 13 años de vida, su mente lo reprodujo para sí:

“Las calles están solas tras la pronta llegada del otoño,
que ha dejado caer sus hojas
y ha tendido su manto más gris y entristecido.
Triste alameda de árboles desnudos,
y al fondo asoma una tenue luz,
luz de un sol oculto entre nubes y niebla,
un sol que ya no es el mismo,
que ya no brilla como antes.

Abajo está la ciudad,
llena de gente que va hacia ninguna parte,
gente con la mirada perdida por la llegada de este otoño.
Triste y tenebroso lugar,
ya nadie espera por ti,
tú ya no esperas a nadie.
Quizá pase el otoño,
quizá algún día vuelva la primavera,
pero en tus pupilas quedará siempre
la temprana llegada de aquel otoño
que te mostró la tristeza
y deshojó la flor que nunca debió deshojarse.”

¡Quería correr! Sintió una profunda necesidad de huir con rapidez de todo aquello que le había mostrado la cara más amarga de la vida. Le aterraba la idea de volver a los eternos porqués, a ese fuerte nudo en la boca del estómago, a ese dolor que produce el miedo oscuro que te invade y se apodera de ti y te paraliza. Sabía, sin embargo, que huir no era la solución, porque aún huyendo del infierno, llevaría consigo sus llamas. No se puede borrar con la distancia todo aquello que se lleva tan dentro. No cura la huida todo
aquello que se siente y que se piensa. Deseó de pronto que su mente fuera una especie de cuentakilómetros para poder deshacer todo lo andado, borrar con un simple “click” lo vivido y empezar de cero, dejar de ser protagonista de esta historia y dueña de estos sentimientos que no quería sentir.
Su mano se deslizó hasta el bolsillo de la chaqueta y de él sacó aquella foto. A pesar del dolor, volvió a mirar aquella foto. Cerró los ojos con fuerza y rogó entre lágrimas a un dios de cuya existencia dudaba, que el tiempo volviera a ese momento. ¡Qué no daría por despertar y que todo hubiera sido una pesadilla! Despertar y ser como en aquella foto. Las tres, cogidas de la mano, corriendo por esa plaza recoleta, tramando travesuras, cuando aún estaban a tiempo de cambiarlo todo. Ya no, ya no.
No tardó en darse cuenta de que no estaba soñando, de que no podía despertar porque ya estaba despierta.
Pasado un periodo indeterminado de tiempo, Teresa guardó la foto, se levantó del suelo, recompuso sus ropas e inició el camino de vuelta a casa.

La lectura era clara; no se pueden apreciar las luces de los días, si no se han contemplado antes las sombras de las noches. Ahí estaba la clave. Y Teresa lo sabía.
Ana y Carmen ya nunca volverían. El tiempo se detuvo para ellas aquella tarde del verano del 95, pero Teresa quería recordarlas siempre como en aquella foto: las tres juntas, cogidas de la mano, corriendo por aquella plaza, felices, inocentes, ajenas a los planes que el universo tejía por y para ellas.
Probablemente volverán los fantasmas, pero no le importa; no les tiene miedo, se ha encariñado con ellos. Ellos han hecho de ella lo que es y no quiere cambiar. Podría haber optado por sobrevivir, pero Teresa optó por vivir. Siempre optará por vivir. Optará por sentir. Optará por dejarse llevar por sus emociones. Optará por SER. Porque existir no es suficiente.

28 feb. 2013

La parábola del caminante

La vida del caminante no es sencilla.
 
Durante mucho tiempo, desde mi posición de espectador amorfo, tuve una idea equivocada sobre ellos. Ignoraba su esencia, los creía seres simples y cómodos que, a pesar de contar con el enorme privilegio de poder caminar, eran incapaces de valorar el gran regalo de existir. Los contemplaba con envidia, casi con desprecio. No entendía por qué algunos caminaban con desgana, cabizbajos, con cara de padecimiento e incluso arrastrando sus pies. 
 
Desde mi posición, todo se ve muy diferente. 
 
Así, me mantuve en esa idea hasta que un día me fue concedido el deseo de materializarme en flor por unas horas. De esta forma fue como pude conocer de cerca a un joven caminante que interrumpió su andadura para sentarse sobre una piedra cercana a mí. Sentí su magia, escuché sus pensamientos, sus miedos, sus reflexiones, sus dudas, sus angustias... Y sólo entonces comprendí, que la hermosura del decorado y la calidad de la obra, no llevan implícito el éxito de la representación, porque en última instancia, es el actor el que interpreta y en él están los matices.
 
El joven caminante sentado sobre la piedra, lloraba amargamente y expresaba en voz alta cuanto sentía; su sentimiento de pérdida, su impotencia, su rabia. 
 
Lo habían enseñado a caminar, pero no le habían explicado cómo hacerlo. Desconocía si su camino era el correcto y, lo que es aún más desconcertante, ignoraba el porqué de ese incesante caminar. 
 
Se preguntaba por qué tenía esa sensación de haber perdido el norte, de haber llegado a ese páramo en el que ahora se encontraba y decidió parar, sentarse a meditar. Se quedó ahí, contemplando con desgana el paisaje árido, yermo, monótono que le tocaba atravesar. 
 
Mas, ni aún estando sentado encontraba alivio, porque ¿acaso su deber no es caminar? Caminar, caminar y caminar es lo que esperan que haga. Y también duda si su incesante caminar abriga la esperanza de encontrar un oasis en mitad de ese desierto, o si camina por inercia.
 
"Puede que un poco de ambas causas" -se dice para sí-. "Aunque camine por atavismo, sé que llegaré al oasis. Lo sé" -concluye-. Y se vuelve a levantar y reinicia su andadura.
 
Desde que conocí a este joven caminante no encuentro paz. Si antes se me antojaban seres privilegiados e insensatos, ahora producen en mí una enorme necesidad de protección.
 
¿Qué puede haber más terrible que el desasosiego de no poder resolver nuestras dudas más esenciales?  

14 nov. 2012

Nos sobran los motivos


¡Ya está bien de manipulación! ¿Cómo se puede juzgar (con la que está cayendo) el descontento de la gente por el seguimiento de una huelga general? La gente tiene miedo, la gente tiene deudas que pagar, hijos que alimentar. La gente está hasta las narices de políticos y sindicatos. El sentir de la gente no puede medirse por si ha hecho huelga o no ha hecho huelga. ¿O acaso creen que a los que no la hemos hecho nos gusta que  degraden la educación de nuestros hijos, que arremetan contra nuestro sistema sanitario, que nos bajen el sueldo, que abaraten el despido hasta precios de saldo...?

Siento una profunda admiración y agradecimiento por quienes han secundado la huelga, teniendo la valentía de ser fieles a sí mismos. Del mismo modo, envidio a aquellos que en el día de hoy se han acogido a su derecho a no hacer huelga, acudiendo a trabajar por convicción. 
Muchos somos, sin embargo, los que zozobrando hasta la madrugada, y después de un largo día de reflexión, contradicción y lucha interna, tomamos la decisión de no acogernos al derecho a hacer huelga, ni tampoco al derecho a no hacer huelga, pues nuestra presencia en el trabajo no es consecuencia de nuestra ideología. Muy diversas y variopintas son las razones que han llevado a muchísimos ciudadanos a sentirse en la obligación de ir a trabajar.

Siento que esta huelga deberíamos haberla secundado todos los españoles y españolas, por ello, sin pretender justificar aquello para lo que ni yo misma encuentro justificación, entiendo que haya quien tenga sus motivos para no haberla hecho, porque, como dijo una vez un discípulo de Juan de Mairena: "… el demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas".

¿Es que acaso carece de razón quien hoy ha elegido ir a trabajar por dinero? Imaginemos a un funcionario, padre de tres hijos, a cuya casa sólo entra su sueldo, un sueldo que ya ha sufrido varios recortes. ¿Podemos reprocharle a este hombre que no esté dispuesto a perder 100€ más?

¿Es que acaso carece de razón quien hoy ha elegido ir a trabajar por su aversión hacia los sindicatos? Imaginemos un empleado de una empresa cualquiera que está cansado de ver cómo algunos compañeros, miembros de los sindicatos que han convocado esta huelga, tienen privilegios que ellos no tienen. ¿Podemos reclamarle que acuda a la convocatoria?

¿Es que acaso carece de razón quien hoy ha elegido ir a trabajar porque ha estado en paro durante un largo periodo de tiempo y acaba de encontrar trabajo? Imaginemos una señora de 45 años que, después de 2 años de paro, empezó a trabajar hace dos meses en una empresa. ¿Tiene alguien agallas para cuestionarla por no hacer huelga?

¿No tiene razones el autónomo que decide abrir su pequeño comercio para no perder las pocas ventas que pueda tener? Pónganse ustedes en el pellejo de un pequeño comerciante que, además de no tener derechos, a duras penas consigue vender para cubrir los muchos gastos que tiene. ¿Le exigimos que cierre?

¿Es que acaso carecemos de razón los que como yo, nos hemos acogido a nuestro derecho a tener miedo? Imaginemos el caso de una mujer, contratada por una ETT para una empresa que solicita empleados extra para necesidades de producción únicamente algunos días a la semana. ¿Acaso no es legítimo que esta mujer no quiera permitirse el lujo de decir que no, si hoy la llaman para trabajar por el miedo a que no vuelvan a llamarla más?

No puedo explicarles lo que han sentido los otros, pero puedo asegurarles que estos últimos; los cobardes, hemos acudido al trabajo con una feroz sensación de cobardía, de traición, de necedad para con nosotros mismos y nuestra razón. Porque el hecho de que nos sobren los motivos para no secundar esta huelga general, lejos de suponernos alivio alguno, nos deja la amarga sensación de haber prostituido, un día más, nuestra conciencia.

Maltrechos sueldos, ERES y ERTES planeando sobre nuestras cabezas, impuestos descomunales, políticas grotescas, políticos sin vergüenza, sindicatos de vergüenza, derechos constitucionales pisoteados, beneficios sociales fulminados, empresarios con menos escrúpulos que nunca, corrupción, injusticias, desigualdades… Jamás tendremos mayores motivos para ir a la huelga, y sin embargo, ¿quién puede exigirnos que renunciemos a nuestro derecho a tener miedo?

Porque nos sobran los motivos. Y a pesar de todo, sí, lo sé, hemos sido unos cobardes. 

13 nov. 2012

Libertad; esa bonita utopía.


¿Somos libres? ¿Qué entendemos por libertad? ¿Puede sentirse presa una persona que goza de libertad? ¿Es el ser humano que no está privado de libertad realmente libre? ¿Es, acaso, ostentar libertad algo más que no estar privados de ella? ¿Debemos entender la libertad, únicamente, como el estado de quien no es esclavo o no está preso?

La Real Academia Española de la Lengua define la palabra libertad como: "1. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. 2. Estado o condición de quien no es esclavo. 3. Estado de quien no está preso. 4. Falta de sujeción y subordinación."

Si entendemos la libertad como la facultad natural del ser humano de obrar de una u otra manera, para poder considerarnos realmente libres, deberíamos poder ejercer esa facultad de obrar sin condicionantes, exentos totalmente de influencias externas a nosotros, en tanto en cuanto se define como una “facultad natural”, es decir, una potestad con la que se nace, que se posee desde el origen. Por tanto, la libertad del ser humano será siempre limitada, escasa o nula (dependiendo de sus circunstancias), pero en ningún caso podrá ser plena.

Dijo Jean Jacques Rousseau que “el hombre ha nacido libre y por doquiera se encuentra sujeto con cadenas”.  Muchas de esas cadenas nos vienen impuestas, y muchas otras las creamos nosotros mismos, pero la consecuencia es que no pocas veces tenemos la sensación de ser esclavos; de nuestra sociedad, de las decisiones de otros, de nuestras propias elecciones, de las modas, del sistema educativo, de nuestros trabajos, de la tecnología, de nuestras palabras, de nuestros miedos, de nuestros pensamientos, de nuestras relaciones, de nuestros afectos, de nuestros sentimientos…

De entrada, llegamos al mundo por decisión de otros seres humanos. Del mismo modo, no tenemos la posibilidad de elegir entre nacer hombre o nacer mujer, ni nuestra raza, ni la familia a cuyo seno llegamos. Tampoco podemos elegir la época o el área geográfica. Aterrizamos en un mundo ya planeado, entramos a formar parte de una familia que nos dará una determinada educación, unos valores concretos, incluso una religión y unas creencias. Entraremos, más tarde, a formar parte de un modelo social ya diseñado en el que tendremos poca o nula capacidad de actuación y a veces, hasta de decisión. Una sociedad pautada donde lo que se diferencia o destaca del “modelo” es raro, extraño y tendemos a excluirlo. Aunque parezca absurdo ver en ello el primer menoscabo de nuestra libertad, esos factores o circunstancias van a ser condicionantes (determinantes muchas veces), en nuestras decisiones y modo de obrar a lo largo de nuestra existencia. Muchas veces nos haremos preguntas para las que no encontraremos respuesta: ¿cómo sería mi vida si hubiera nacido en aquel lugar? ¿Cómo hubiera sido nacer en aquella otra familia? ¿Qué pasaría si hubiera nacido del sexo contrario? Y lo que es más desconcertante aún: ¿Por qué esto es así y no es de otro modo? ¿De qué depende? ¿Es el azar el que decide o existe un plan diseñado milimétricamente?

Sin embargo, todas esos factores superan la esfera de nuestra potestad; hemos de asumirlos y definir nuestra libertad partiendo de ellos. ¿Es la libertad, en consecuencia, una quimera, una verdad a medias que queda reducida a la posibilidad de elección entre varias opciones previamente impuestas?

Libertad; esa bonita utopía...

"Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo"  -Johann Wolfgang Goethe-


22 ago. 2012

Carta a Todd Akin


Desestimado engendro Todd,
(Engendro: según  la cuarta acepción de la RAE “plan, designio u obra intelectual mal concebidos”.)

No es mi intención entrar a valorar su “excelsa” intervención del otro día sobre el aborto, ya que si lo hiciera, me sería imposible no recurrir al insulto reiteradamente, y no merece la pena perder tiempo en eso; ya se insulta usted solo. Permítame, sin embargo, que haga una pequeña disquisición escrita de sus declaraciones:

Según sus palabras, tras una violación, “si se trata de una violación legítima, el cuerpo de la mujer tiene los mecanismos para poder cerrarse".

Si coge usted un diccionario y busca la palabra “violación”, podrá comprobar que aparece definida, aproximadamente, como “acción y efecto de violar”. Hecho esto, si sigue usted un poco más adelante y consulta la definición del verbo “violar”, se encontrará más o menos con el siguiente texto: “1.Infringir o quebrantar una ley, un tratado, un precepto, una promesa. 2.Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento. 3.Profanar un lugar sagrado, ejecutando en él ciertos actos determinados por el derecho canónico. 4.Ajar o deslucir algo.” Para terminar, vaya hasta la letra “l” y busque la definición de la palabra “legítimo/a” y podrá leer algo como “1.Conforme a las leyes. 2.Lícito, justo. 3.Cierto, genuino y verdadero en cualquier línea.”

Como puede usted comprobar, por definición, una violación no puede ser legítima en ningún caso. Dicho lo cual, no sólo le pega usted una patada a la ética, la moral, la estadística, la bilogía... sino que además, mucho me temo que habla sin propiedad alguna, y eso, para ser usted quien es y aspirar a lo que aspira, no creo que sea demasiado adecuado.



16 ago. 2012

El abuelo Manuel

Ayer visité a Francisco y, como siempre, nuestra conversación no me dejó indiferente. Estuvimos recordando a su amigo Manuel, jugamos a las cartas y después me echó una buena riña...

“¡Manuel volvería a morir de un infarto si levantara la cabeza! Y a mi cualquier día de estos me va a dar un "parraque" que me voy a quedar tieso como una estaca. ¡Vaya manada de cobardes y de ingratos estáis hechos los jóvenes de ahora! ¡Qué lástima que yo no tenga edad de liarla bien liada! ¿No os dais cuenta de que la crisis económica es una estafa, una treta, una excusa barata para justificar lo injustificable? Hay que ver, con lo mayor que soy, y no deja de sorprenderme diariamente hasta donde puede llegar la estupidez humana.




¡Estáis ciegos, deslumbrados por el capitalismo, no veis más allá de él! Os cagáis en los pantalones sólo de pensar en la posibilidad de que quiebre el sistema de consumo en el que estáis instalados. No sois capaces de ver que vuestro mayor problema, vuestra verdadera crisis es de valores, de conciencia. Creéis que lo merecéis todo, que las cosas caen del cielo y son inagotables, pero no es así; nada es infinito. Todo lo que tenéis es fruto de mucho esfuerzo, del trabajo, el sudor y la sangre de mucha gente, pero bueno, la Historia ya la sabes, o al menos deberían habértela enseñado.

Si yo tuviera tu edad, estaría en la calle gritando bien fuerte que el bienestar social está muy por encima de intereses políticos y económicos. Os sentís muy valerosos escribiendo palabras de protesta en esos ordenadores delante de los que pasáis los días, pero después, apagáis y os vais de cañas u os ponéis a ver la "caja tonta". Y entre tanto, los grandes beneficiados de este circo, se retuercen a carcajadas mientras inventan cada día una farsa nueva. En nuestra época no existían el euribor, la prima de riesgo, las agencias de calificación... pero los sinvergüenzas han existido toda la vida, y es contra ellos contra quienes hay que luchar. Plantarles cara, decirles NO alto y claro. ¡No dejéis que os sigan tomando el pelo!”

Manuel y Francisco nacieron en un pequeño pueblo de Andalucía en el año 1927. La madre de Manuel murió de neumonía cuando él sólo contaba 20 días de vida, por lo que ni siquiera le quedaron de ella los recuerdos de su cara, su voz, su olor. Fue criado por sus hermanas y por su padre, que siempre estaba fuera de casa, trabajando para alimentar a sus seis hijos. Contaba Manuel a sus nietos historias de su infancia: que desde los cuatro o cinco años de edad se encargaba del cuidado de una manada de cabras que su padre había ido comprando para poder tener leche y queso para vender; que sólo tenía una muda de ropa y  cuando sus hermanas la lavaban, pasaba todo el día en la cama esperando que se secara; que se alimentaba a base de pan, leche, tocino y los días mejores, de un plato de olla para la comida y para la cena.

Los padres de Francisco, en cambio, habían heredado 200 fanegas de tierra de olivar, de forma que su familia era una de las de mejor posición de la comarca. Recuerda Francisco en voz alta la primera vez que sintió pena en su vida, fue a la edad de ocho años cuando Manuel llamó a la puerta de su casa ofreciendo leche para vender; “al abrir la puerta apareció un niño tiritando de frío, con las ropas ajadas y con dos trozos de saco de rafia anudados con esparto que hacían las veces de zapatos. En ese momento me dí cuenta de que debía aprovechar mi buena posición para luchar por la gente que no había tenido la misma suerte."

Allá por el año 1944, Francisco logró convencer a sus padres para que lo dejaran ir a estudiar Bachillerato y la carrera de Medicina a Madrid. Regresaba a su pueblo cada verano y pasaba los días junto a Manuel, que para entonces se había convertido en su mejor amigo y fiel confidente. Ambos intercambiaban sus historias y vivencias, sin ser aún conscientes de que, año tras año, paso tras paso, estaban tejiendo las bases del gran cambio que se avecinaba, que cada uno, en la medida de sus posibilidades, estaba siendo una herramienta imprescindible para el cambio político y social, para la consecución de un sistema libre y de igualdad de derechos para todos. 

Manuel le hablaba a Francisco de las disputas de las familias del pueblo, del hambre y las penurias que estaban pasando, de la insuficiencia de las cartillas de racionamiento, del trabajo de sol a sol a la órdenes de terratenientes que les pagaban mal y tarde, de la ausencia de libertad, del miedo, de la incertidumbre, de la desesperanza. Éste, a su vez, le contaba a un fascinado Manuel historias de manifestaciones en defensa de los derechos de los trabajadores; de la lucha por un sistema de servicios y garantías sociales universales; de asociaciones secretas; de encuentros clandestinos; de espías y hombres Grises; de libros y películas censurados que hablaban de libertades, de derechos, de democracia.

Así, mientras Francisco finalizaba sus estudios de Medicina y luchaba por un futuro mejor, Manuel trabajaba la tierra a destajo con un fin no menos importante; levantar la economía de un país asolado por la pobreza, la represión y las desigualdades.

Manuel murió joven de una enfermedad pulmonar, fruto de las innumerables penurias que pasó durante la mayor parte de su vida, pero murió feliz, rodeado de unos hijos a los que pudo dejar una vida digna y una tercera generación; la de sus nietos, que ya compartía pupitre con los nietos de Francisco, y que después de tanta lucha y esfuerzo de millones de Manueles y Franciscos, tenían la posibilidad de cursar estudios universitarios en universidades públicas.

Recordando estas historias, me despedí de Francisco con dos besos y me dirigí hacia la puerta preguntándome cómo me sentiría si todo aquello por lo que luché, incluso arriesgando mi vida por ello, se desmoronase ante la pasividad de millones de personas...


22 mar. 2012

La era de la prostitución.

¡Bienvenidos a la era de la prostitución! ¡Pasen y vean; el espectáculo ya ha comenzado!

Son tiempos de prostitución; el prostíbulo es España, los prostituidos los ciudadanos. ¿Quiénes son los proxenetas? Que cada cual busque los suyos...

Están prostituyendo nuestra moral, nuestra autoestima, nuestros principios, nuestro bienestar, nuestras capacidades, nuestra ideología, nuestros trabajos, nuestra economía, nuestros derechos y todo aquello por lo que generaciones pasadas lucharon a destajo. Y todo, ante nuestra pasividad; bien sea por miedo, por cobardía, por conformismo o por un cóctel de esos tres ingredientes, nos estamos dejando vender sin rechistar. Esto supone, no sólo un intenso conflicto interior, sino unos profundos sentimientos de hipocresía y cobardía, de manera que nuestra integridad y nuestra autoestima están en continuo deterioro.



Es lógico pensar que si este escenario no experimenta mejoría, irremediablemente llegaremos a un punto a partir del cual no quedará otra opción que la revolución, la lucha por recuperar lo perdido; así lo demuestra la historia y sería demasiado ingenuo pensar que nosotros somos diferentes. Al fin y al cabo, no somos más que seres humanos socializados que aprenden es base a la técnica del ensayo-error; actuamos, observamos nuestros errores, aprendemos de ellos (no siempre), los rectificamos y vuelta a empezar... Y así a lo largo de la historia ¿qué nos puede hacer creer que ahora será diferente?

Y no quiero pensar que estemos tan idiotizados como para seguir indefinidamente aguantando presiones, amenazas, dando gracias porque nuestro mal sea un mal menor (al menos algunos conservamos nuestros trabajos), agachando la cabeza, acatando y callando, renunciando paulatinamente a derechos, asumiendo recortes, impuestos, subidas de precios. ¿Qué nos pasa? ¿Están poniendo Valium en nuestra comida? ¿No tenemos suficiente con la sangrante tasa de paro? ¿No nos basta con tener que pagar entre todos lo que han robado unos cuantos? ¿No nos parece bastante que peligren nuestra sanidad, nuestra educación, nuestras pensiones, nuestros trabajos? ...



¿Qué necesitamos los españoles y las españolas para cabrearnos de verdad?