13 feb. 2012

Yo tengo miedo, tú tienes miedo, él y ella tienen miedo, nosotr@s tenemos miedo, vosotr@s tenéis miedo y ell@s tienen miedo.

¿Quién no lo ha sentido alguna vez? Los miedos forman parte de nuestras vidas y probablemente lo anómalo sería no tener ninguno. Nos acompañan en nuestra andadura y evolucionan con nosotros. Así, de pequeños tendremos miedo a la oscuridad, a la anciana vecina que lleva un pañuelo negro en la cabeza, al hombre del saco, al coco… En la adolescencia asomarán miedos diferentes, más sociales; al ridículo, a la opinión de los demás, al rechazo… De mayores la cosa cambia; llega el momento en que nuestros miedos dejan de ser tan previsibles y se vuelven personalizados, cada uno de nosotros tenemos los nuestros, que nos definen, nos condicionan y nos limitan. No obstante, el miedo puede llegar a tener una parte muy positiva, en tanto en cuanto nos hace valorar determinados supuestos que sin su existencia (la del miedo), no valoraríamos.
¿Por qué tenemos tanto miedo a sentir miedo? A menudo pienso que nuestra sociedad tiende a “patologizarlo” todo, convirtiendo sentimientos y conductas naturales e inherentes al hecho de ser y existir en patologías susceptibles de estudio y tratamiento. Siempre encontraremos un síndrome, trastorno u otro término equivalente  para etiquetarnos, y no dudamos en recurrir con ligereza a cualquier mecanismo y/o sustancia que nos ayude a adormecer aquellos estados de ánimo que no queremos experimentar, pero ¡no podemos pretender aniquilar todo cuanto no nos apetezca sentir! La vida no es un cuento diseñado a nuestra medida, no es un camino de rosas blancas y perfumadas, ¿por qué nos empeñamos en creer que debe ser así? Aspiramos a estar pletóricos 365 días al año y eso, no es posible. Aprendamos a vivir con nuestros miedos y a aceptarlos como parte nuestra, expurguemos aquellos que sean infundados y aceptemos los que si tienen base del mismo modo que no tenemos más remedio que asumir el color de nuestros ojos, nuestra estatura, la longitud de nuestros pies…

He conocido personas verdaderamente valientes, luchadoras, irreductibles, capaces de sobreponerse a sucesos realmente pavorosos, y sin embargo, siempre existe la sombra de algún miedo planeando sobre sus cabezas. Quizá ahí está la clave, en aceptar nuestros miedos, nuestras tristezas, nuestros dolores y vivirlos hasta que pasen, aprendiendo de ellos sin permitir que desactiven nuestra objetividad y nos arrastren a un mar de supuestos que, siendo inverosímiles e improbables, nos causen tal desasosiego que nos paralicen y anulen nuestras capacidades de razonamiento, reacción y acción. Parece difícil ¿verdad? Sí, pero ¿quién dijo que la vida sea un camino de rosas blancas y perfumadas?

2 comentarios:

  1. Miedo me das...sí...miedo me das.
    Alfavó destarte trankila ke no va a pazá ná mué.

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  2. Que bien sabes explicar con palabras, lo que yo pienso. Lo malo es que yo no sé escribirlo y plasmarlo en un texto igual de bien que tú.
    Eres genial!!!! ...me encanta!!!!

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