22 ago. 2012

Carta a Todd Akin


Desestimado engendro Todd,
(Engendro: según  la cuarta acepción de la RAE “plan, designio u obra intelectual mal concebidos”.)

No es mi intención entrar a valorar su “excelsa” intervención del otro día sobre el aborto, ya que si lo hiciera, me sería imposible no recurrir al insulto reiteradamente, y no merece la pena perder tiempo en eso; ya se insulta usted solo. Permítame, sin embargo, que haga una pequeña disquisición escrita de sus declaraciones:

Según sus palabras, tras una violación, “si se trata de una violación legítima, el cuerpo de la mujer tiene los mecanismos para poder cerrarse".

Si coge usted un diccionario y busca la palabra “violación”, podrá comprobar que aparece definida, aproximadamente, como “acción y efecto de violar”. Hecho esto, si sigue usted un poco más adelante y consulta la definición del verbo “violar”, se encontrará más o menos con el siguiente texto: “1.Infringir o quebrantar una ley, un tratado, un precepto, una promesa. 2.Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento. 3.Profanar un lugar sagrado, ejecutando en él ciertos actos determinados por el derecho canónico. 4.Ajar o deslucir algo.” Para terminar, vaya hasta la letra “l” y busque la definición de la palabra “legítimo/a” y podrá leer algo como “1.Conforme a las leyes. 2.Lícito, justo. 3.Cierto, genuino y verdadero en cualquier línea.”

Como puede usted comprobar, por definición, una violación no puede ser legítima en ningún caso. Dicho lo cual, no sólo le pega usted una patada a la ética, la moral, la estadística, la bilogía... sino que además, mucho me temo que habla sin propiedad alguna, y eso, para ser usted quien es y aspirar a lo que aspira, no creo que sea demasiado adecuado.



16 ago. 2012

El abuelo Manuel

Ayer visité a Francisco y, como siempre, nuestra conversación no me dejó indiferente. Estuvimos recordando a su amigo Manuel, jugamos a las cartas y después me echó una buena riña...

“¡Manuel volvería a morir de un infarto si levantara la cabeza! Y a mi cualquier día de estos me va a dar un "parraque" que me voy a quedar tieso como una estaca. ¡Vaya manada de cobardes y de ingratos estáis hechos los jóvenes de ahora! ¡Qué lástima que yo no tenga edad de liarla bien liada! ¿No os dais cuenta de que la crisis económica es una estafa, una treta, una excusa barata para justificar lo injustificable? Hay que ver, con lo mayor que soy, y no deja de sorprenderme diariamente hasta donde puede llegar la estupidez humana.




¡Estáis ciegos, deslumbrados por el capitalismo, no veis más allá de él! Os cagáis en los pantalones sólo de pensar en la posibilidad de que quiebre el sistema de consumo en el que estáis instalados. No sois capaces de ver que vuestro mayor problema, vuestra verdadera crisis es de valores, de conciencia. Creéis que lo merecéis todo, que las cosas caen del cielo y son inagotables, pero no es así; nada es infinito. Todo lo que tenéis es fruto de mucho esfuerzo, del trabajo, el sudor y la sangre de mucha gente, pero bueno, la Historia ya la sabes, o al menos deberían habértela enseñado.

Si yo tuviera tu edad, estaría en la calle gritando bien fuerte que el bienestar social está muy por encima de intereses políticos y económicos. Os sentís muy valerosos escribiendo palabras de protesta en esos ordenadores delante de los que pasáis los días, pero después, apagáis y os vais de cañas u os ponéis a ver la "caja tonta". Y entre tanto, los grandes beneficiados de este circo, se retuercen a carcajadas mientras inventan cada día una farsa nueva. En nuestra época no existían el euribor, la prima de riesgo, las agencias de calificación... pero los sinvergüenzas han existido toda la vida, y es contra ellos contra quienes hay que luchar. Plantarles cara, decirles NO alto y claro. ¡No dejéis que os sigan tomando el pelo!”

Manuel y Francisco nacieron en un pequeño pueblo de Andalucía en el año 1927. La madre de Manuel murió de neumonía cuando él sólo contaba 20 días de vida, por lo que ni siquiera le quedaron de ella los recuerdos de su cara, su voz, su olor. Fue criado por sus hermanas y por su padre, que siempre estaba fuera de casa, trabajando para alimentar a sus seis hijos. Contaba Manuel a sus nietos historias de su infancia: que desde los cuatro o cinco años de edad se encargaba del cuidado de una manada de cabras que su padre había ido comprando para poder tener leche y queso para vender; que sólo tenía una muda de ropa y  cuando sus hermanas la lavaban, pasaba todo el día en la cama esperando que se secara; que se alimentaba a base de pan, leche, tocino y los días mejores, de un plato de olla para la comida y para la cena.

Los padres de Francisco, en cambio, habían heredado 200 fanegas de tierra de olivar, de forma que su familia era una de las de mejor posición de la comarca. Recuerda Francisco en voz alta la primera vez que sintió pena en su vida, fue a la edad de ocho años cuando Manuel llamó a la puerta de su casa ofreciendo leche para vender; “al abrir la puerta apareció un niño tiritando de frío, con las ropas ajadas y con dos trozos de saco de rafia anudados con esparto que hacían las veces de zapatos. En ese momento me dí cuenta de que debía aprovechar mi buena posición para luchar por la gente que no había tenido la misma suerte."

Allá por el año 1944, Francisco logró convencer a sus padres para que lo dejaran ir a estudiar Bachillerato y la carrera de Medicina a Madrid. Regresaba a su pueblo cada verano y pasaba los días junto a Manuel, que para entonces se había convertido en su mejor amigo y fiel confidente. Ambos intercambiaban sus historias y vivencias, sin ser aún conscientes de que, año tras año, paso tras paso, estaban tejiendo las bases del gran cambio que se avecinaba, que cada uno, en la medida de sus posibilidades, estaba siendo una herramienta imprescindible para el cambio político y social, para la consecución de un sistema libre y de igualdad de derechos para todos. 

Manuel le hablaba a Francisco de las disputas de las familias del pueblo, del hambre y las penurias que estaban pasando, de la insuficiencia de las cartillas de racionamiento, del trabajo de sol a sol a la órdenes de terratenientes que les pagaban mal y tarde, de la ausencia de libertad, del miedo, de la incertidumbre, de la desesperanza. Éste, a su vez, le contaba a un fascinado Manuel historias de manifestaciones en defensa de los derechos de los trabajadores; de la lucha por un sistema de servicios y garantías sociales universales; de asociaciones secretas; de encuentros clandestinos; de espías y hombres Grises; de libros y películas censurados que hablaban de libertades, de derechos, de democracia.

Así, mientras Francisco finalizaba sus estudios de Medicina y luchaba por un futuro mejor, Manuel trabajaba la tierra a destajo con un fin no menos importante; levantar la economía de un país asolado por la pobreza, la represión y las desigualdades.

Manuel murió joven de una enfermedad pulmonar, fruto de las innumerables penurias que pasó durante la mayor parte de su vida, pero murió feliz, rodeado de unos hijos a los que pudo dejar una vida digna y una tercera generación; la de sus nietos, que ya compartía pupitre con los nietos de Francisco, y que después de tanta lucha y esfuerzo de millones de Manueles y Franciscos, tenían la posibilidad de cursar estudios universitarios en universidades públicas.

Recordando estas historias, me despedí de Francisco con dos besos y me dirigí hacia la puerta preguntándome cómo me sentiría si todo aquello por lo que luché, incluso arriesgando mi vida por ello, se desmoronase ante la pasividad de millones de personas...