14 nov. 2012

Nos sobran los motivos


¡Ya está bien de manipulación! ¿Cómo se puede juzgar (con la que está cayendo) el descontento de la gente por el seguimiento de una huelga general? La gente tiene miedo, la gente tiene deudas que pagar, hijos que alimentar. La gente está hasta las narices de políticos y sindicatos. El sentir de la gente no puede medirse por si ha hecho huelga o no ha hecho huelga. ¿O acaso creen que a los que no la hemos hecho nos gusta que  degraden la educación de nuestros hijos, que arremetan contra nuestro sistema sanitario, que nos bajen el sueldo, que abaraten el despido hasta precios de saldo...?

Siento una profunda admiración y agradecimiento por quienes han secundado la huelga, teniendo la valentía de ser fieles a sí mismos. Del mismo modo, envidio a aquellos que en el día de hoy se han acogido a su derecho a no hacer huelga, acudiendo a trabajar por convicción. 
Muchos somos, sin embargo, los que zozobrando hasta la madrugada, y después de un largo día de reflexión, contradicción y lucha interna, tomamos la decisión de no acogernos al derecho a hacer huelga, ni tampoco al derecho a no hacer huelga, pues nuestra presencia en el trabajo no es consecuencia de nuestra ideología. Muy diversas y variopintas son las razones que han llevado a muchísimos ciudadanos a sentirse en la obligación de ir a trabajar.

Siento que esta huelga deberíamos haberla secundado todos los españoles y españolas, por ello, sin pretender justificar aquello para lo que ni yo misma encuentro justificación, entiendo que haya quien tenga sus motivos para no haberla hecho, porque, como dijo una vez un discípulo de Juan de Mairena: "… el demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas".

¿Es que acaso carece de razón quien hoy ha elegido ir a trabajar por dinero? Imaginemos a un funcionario, padre de tres hijos, a cuya casa sólo entra su sueldo, un sueldo que ya ha sufrido varios recortes. ¿Podemos reprocharle a este hombre que no esté dispuesto a perder 100€ más?

¿Es que acaso carece de razón quien hoy ha elegido ir a trabajar por su aversión hacia los sindicatos? Imaginemos un empleado de una empresa cualquiera que está cansado de ver cómo algunos compañeros, miembros de los sindicatos que han convocado esta huelga, tienen privilegios que ellos no tienen. ¿Podemos reclamarle que acuda a la convocatoria?

¿Es que acaso carece de razón quien hoy ha elegido ir a trabajar porque ha estado en paro durante un largo periodo de tiempo y acaba de encontrar trabajo? Imaginemos una señora de 45 años que, después de 2 años de paro, empezó a trabajar hace dos meses en una empresa. ¿Tiene alguien agallas para cuestionarla por no hacer huelga?

¿No tiene razones el autónomo que decide abrir su pequeño comercio para no perder las pocas ventas que pueda tener? Pónganse ustedes en el pellejo de un pequeño comerciante que, además de no tener derechos, a duras penas consigue vender para cubrir los muchos gastos que tiene. ¿Le exigimos que cierre?

¿Es que acaso carecemos de razón los que como yo, nos hemos acogido a nuestro derecho a tener miedo? Imaginemos el caso de una mujer, contratada por una ETT para una empresa que solicita empleados extra para necesidades de producción únicamente algunos días a la semana. ¿Acaso no es legítimo que esta mujer no quiera permitirse el lujo de decir que no, si hoy la llaman para trabajar por el miedo a que no vuelvan a llamarla más?

No puedo explicarles lo que han sentido los otros, pero puedo asegurarles que estos últimos; los cobardes, hemos acudido al trabajo con una feroz sensación de cobardía, de traición, de necedad para con nosotros mismos y nuestra razón. Porque el hecho de que nos sobren los motivos para no secundar esta huelga general, lejos de suponernos alivio alguno, nos deja la amarga sensación de haber prostituido, un día más, nuestra conciencia.

Maltrechos sueldos, ERES y ERTES planeando sobre nuestras cabezas, impuestos descomunales, políticas grotescas, políticos sin vergüenza, sindicatos de vergüenza, derechos constitucionales pisoteados, beneficios sociales fulminados, empresarios con menos escrúpulos que nunca, corrupción, injusticias, desigualdades… Jamás tendremos mayores motivos para ir a la huelga, y sin embargo, ¿quién puede exigirnos que renunciemos a nuestro derecho a tener miedo?

Porque nos sobran los motivos. Y a pesar de todo, sí, lo sé, hemos sido unos cobardes. 

13 nov. 2012

Libertad; esa bonita utopía.


¿Somos libres? ¿Qué entendemos por libertad? ¿Puede sentirse presa una persona que goza de libertad? ¿Es el ser humano que no está privado de libertad realmente libre? ¿Es, acaso, ostentar libertad algo más que no estar privados de ella? ¿Debemos entender la libertad, únicamente, como el estado de quien no es esclavo o no está preso?

La Real Academia Española de la Lengua define la palabra libertad como: "1. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. 2. Estado o condición de quien no es esclavo. 3. Estado de quien no está preso. 4. Falta de sujeción y subordinación."

Si entendemos la libertad como la facultad natural del ser humano de obrar de una u otra manera, para poder considerarnos realmente libres, deberíamos poder ejercer esa facultad de obrar sin condicionantes, exentos totalmente de influencias externas a nosotros, en tanto en cuanto se define como una “facultad natural”, es decir, una potestad con la que se nace, que se posee desde el origen. Por tanto, la libertad del ser humano será siempre limitada, escasa o nula (dependiendo de sus circunstancias), pero en ningún caso podrá ser plena.

Dijo Jean Jacques Rousseau que “el hombre ha nacido libre y por doquiera se encuentra sujeto con cadenas”.  Muchas de esas cadenas nos vienen impuestas, y muchas otras las creamos nosotros mismos, pero la consecuencia es que no pocas veces tenemos la sensación de ser esclavos; de nuestra sociedad, de las decisiones de otros, de nuestras propias elecciones, de las modas, del sistema educativo, de nuestros trabajos, de la tecnología, de nuestras palabras, de nuestros miedos, de nuestros pensamientos, de nuestras relaciones, de nuestros afectos, de nuestros sentimientos…

De entrada, llegamos al mundo por decisión de otros seres humanos. Del mismo modo, no tenemos la posibilidad de elegir entre nacer hombre o nacer mujer, ni nuestra raza, ni la familia a cuyo seno llegamos. Tampoco podemos elegir la época o el área geográfica. Aterrizamos en un mundo ya planeado, entramos a formar parte de una familia que nos dará una determinada educación, unos valores concretos, incluso una religión y unas creencias. Entraremos, más tarde, a formar parte de un modelo social ya diseñado en el que tendremos poca o nula capacidad de actuación y a veces, hasta de decisión. Una sociedad pautada donde lo que se diferencia o destaca del “modelo” es raro, extraño y tendemos a excluirlo. Aunque parezca absurdo ver en ello el primer menoscabo de nuestra libertad, esos factores o circunstancias van a ser condicionantes (determinantes muchas veces), en nuestras decisiones y modo de obrar a lo largo de nuestra existencia. Muchas veces nos haremos preguntas para las que no encontraremos respuesta: ¿cómo sería mi vida si hubiera nacido en aquel lugar? ¿Cómo hubiera sido nacer en aquella otra familia? ¿Qué pasaría si hubiera nacido del sexo contrario? Y lo que es más desconcertante aún: ¿Por qué esto es así y no es de otro modo? ¿De qué depende? ¿Es el azar el que decide o existe un plan diseñado milimétricamente?

Sin embargo, todas esos factores superan la esfera de nuestra potestad; hemos de asumirlos y definir nuestra libertad partiendo de ellos. ¿Es la libertad, en consecuencia, una quimera, una verdad a medias que queda reducida a la posibilidad de elección entre varias opciones previamente impuestas?

Libertad; esa bonita utopía...

"Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo"  -Johann Wolfgang Goethe-