28 feb. 2013

La parábola del caminante

La vida del caminante no es sencilla.
 
Durante mucho tiempo, desde mi posición de espectador amorfo, tuve una idea equivocada sobre ellos. Ignoraba su esencia, los creía seres simples y cómodos que, a pesar de contar con el enorme privilegio de poder caminar, eran incapaces de valorar el gran regalo de existir. Los contemplaba con envidia, casi con desprecio. No entendía por qué algunos caminaban con desgana, cabizbajos, con cara de padecimiento e incluso arrastrando sus pies. 
 
Desde mi posición, todo se ve muy diferente. 
 
Así, me mantuve en esa idea hasta que un día me fue concedido el deseo de materializarme en flor por unas horas. De esta forma fue como pude conocer de cerca a un joven caminante que interrumpió su andadura para sentarse sobre una piedra cercana a mí. Sentí su magia, escuché sus pensamientos, sus miedos, sus reflexiones, sus dudas, sus angustias... Y sólo entonces comprendí, que la hermosura del decorado y la calidad de la obra, no llevan implícito el éxito de la representación, porque en última instancia, es el actor el que interpreta y en él están los matices.
 
El joven caminante sentado sobre la piedra, lloraba amargamente y expresaba en voz alta cuanto sentía; su sentimiento de pérdida, su impotencia, su rabia. 
 
Lo habían enseñado a caminar, pero no le habían explicado cómo hacerlo. Desconocía si su camino era el correcto y, lo que es aún más desconcertante, ignoraba el porqué de ese incesante caminar. 
 
Se preguntaba por qué tenía esa sensación de haber perdido el norte, de haber llegado a ese páramo en el que ahora se encontraba y decidió parar, sentarse a meditar. Se quedó ahí, contemplando con desgana el paisaje árido, yermo, monótono que le tocaba atravesar. 
 
Mas, ni aún estando sentado encontraba alivio, porque ¿acaso su deber no es caminar? Caminar, caminar y caminar es lo que esperan que haga. Y también duda si su incesante caminar abriga la esperanza de encontrar un oasis en mitad de ese desierto, o si camina por inercia.
 
"Puede que un poco de ambas causas" -se dice para sí-. "Aunque camine por atavismo, sé que llegaré al oasis. Lo sé" -concluye-. Y se vuelve a levantar y reinicia su andadura.
 
Desde que conocí a este joven caminante no encuentro paz. Si antes se me antojaban seres privilegiados e insensatos, ahora producen en mí una enorme necesidad de protección.
 
¿Qué puede haber más terrible que el desasosiego de no poder resolver nuestras dudas más esenciales?