3 mar. 2013

La llegada del otoño

Aquella mañana, Teresa despertó con el cantar de los gallos de María cuando aún no había amanecido. El viejo reloj de pared marcaba las 6:16. Dirigió sus pasos hacia el ventanal y lo abrió de par en par. El frío cortaba la piel, la temperatura sería de unos tres o cuatro grados bajo cero. Cerró los ojos y respiró aquellos inconfundibles olores tan característicos del pueblo: a tierra mojada, a chimeneas humeantes, a cebollas cocidas y ajos asados que evidenciaban los preparativos de las matanzas. Al poco, comenzaron a escucharse esos chillidos aterradores que emiten los cerdos cuando son atravesados por la faca del matancero. Cerró el ventanal y, sentada en la cama, comenzó a preguntarse qué estaba haciendo allí, revolviendo sus recuerdos, los buenos y los malos.
La mente humana es tan compleja que a veces, ni uno mismo es capaz de llegar a entender su propio comportamiento. Pero en el fondo, el alma tiene razones que la mente ignora; si estaba allí, sería porque así debía ser. Probablemente regresara aún más abatida de lo que había llegado, pero hasta el Ave Fénix se consumía en el fuego para renacer luego de sus cenizas. Si ese era su destino, tocaría el fondo y se impulsaría hacia arriba con decisión e ímpetu, como tantas otras veces. Pero no podía continuar así, necesitaba reencontrarse, releerse, tomar conciencia de su “yo”, escucharlo, sentirlo en soledad.
Inundada por esa mezcolanza de sensaciones, comenzó a bucear en el inmenso océano de los recuerdos de su niñez. Salió a pasear.
La larga alameda estaba cubierta por las amarillentas hojas caídas de los árboles, que se mostraban ya completamente desnudos y delataban así la llegada del invierno. El cielo, encapotado, amenazaba con vaciarse de un momento a otro. No le importó, siempre le gustó que la lluvia mojara su cuerpo, la hacía sentirse viva. Bajó la alameda cabizbaja, ensimismada, dándole patadas a las hojas caídas y fue así como llegó a la vieja cabaña donde se refugiaba de pequeña. Poco quedaba ya de aquella niña que, con el paso de los años, se había convertido en la mujer que ahora era. Y sin embargo, idénticas eran las sensaciones, las preguntas, las dudas, los miedos. Vino a su memoria aquel poema que escribió una lluviosa tarde de otoño, refugiada en la cabaña, cuando contaba apenas 13 años de vida, su mente lo reprodujo para sí:

“Las calles están solas tras la pronta llegada del otoño,
que ha dejado caer sus hojas
y ha tendido su manto más gris y entristecido.
Triste alameda de árboles desnudos,
y al fondo asoma una tenue luz,
luz de un sol oculto entre nubes y niebla,
un sol que ya no es el mismo,
que ya no brilla como antes.

Abajo está la ciudad,
llena de gente que va hacia ninguna parte,
gente con la mirada perdida por la llegada de este otoño.
Triste y tenebroso lugar,
ya nadie espera por ti,
tú ya no esperas a nadie.
Quizá pase el otoño,
quizá algún día vuelva la primavera,
pero en tus pupilas quedará siempre
la temprana llegada de aquel otoño
que te mostró la tristeza
y deshojó la flor que nunca debió deshojarse.”

¡Quería correr! Sintió una profunda necesidad de huir con rapidez de todo aquello que le había mostrado la cara más amarga de la vida. Le aterraba la idea de volver a los eternos porqués, a ese fuerte nudo en la boca del estómago, a ese dolor que produce el miedo oscuro que te invade y se apodera de ti y te paraliza. Sabía, sin embargo, que huir no era la solución, porque aún huyendo del infierno, llevaría consigo sus llamas. No se puede borrar con la distancia todo aquello que se lleva tan dentro. No cura la huida todo
aquello que se siente y que se piensa. Deseó de pronto que su mente fuera una especie de cuentakilómetros para poder deshacer todo lo andado, borrar con un simple “click” lo vivido y empezar de cero, dejar de ser protagonista de esta historia y dueña de estos sentimientos que no quería sentir.
Su mano se deslizó hasta el bolsillo de la chaqueta y de él sacó aquella foto. A pesar del dolor, volvió a mirar aquella foto. Cerró los ojos con fuerza y rogó entre lágrimas a un dios de cuya existencia dudaba, que el tiempo volviera a ese momento. ¡Qué no daría por despertar y que todo hubiera sido una pesadilla! Despertar y ser como en aquella foto. Las tres, cogidas de la mano, corriendo por esa plaza recoleta, tramando travesuras, cuando aún estaban a tiempo de cambiarlo todo. Ya no, ya no.
No tardó en darse cuenta de que no estaba soñando, de que no podía despertar porque ya estaba despierta.
Pasado un periodo indeterminado de tiempo, Teresa guardó la foto, se levantó del suelo, recompuso sus ropas e inició el camino de vuelta a casa.

La lectura era clara; no se pueden apreciar las luces de los días, si no se han contemplado antes las sombras de las noches. Ahí estaba la clave. Y Teresa lo sabía.
Ana y Carmen ya nunca volverían. El tiempo se detuvo para ellas aquella tarde del verano del 95, pero Teresa quería recordarlas siempre como en aquella foto: las tres juntas, cogidas de la mano, corriendo por aquella plaza, felices, inocentes, ajenas a los planes que el universo tejía por y para ellas.
Probablemente volverán los fantasmas, pero no le importa; no les tiene miedo, se ha encariñado con ellos. Ellos han hecho de ella lo que es y no quiere cambiar. Podría haber optado por sobrevivir, pero Teresa optó por vivir. Siempre optará por vivir. Optará por sentir. Optará por dejarse llevar por sus emociones. Optará por SER. Porque existir no es suficiente.

1 comentario:

  1. La existencia es complicada e innegablemente estamos conducidos a situaciones forzosas que recorrer, pero dejar de sentir, dejar de buscar una salida hacia delante supone la misma muerte en vida. Un placer leerlo...y un honor ser el primero en comentar. Besos

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